La misión de Jesús no fue tarea fácil. Quizás la parte más complicada fue predicar el Evangelio a aquellos que creían saberlo todo, a los judíos observantes y doctos que conocían bien la palabra de Dios. El Evangelio de San Juan nos cuenta una discusión que Jesús tuvo con un grupo de “judíos que habían creído en él” (Jn 8, 31). Estas personas se sienten molestas al escuchar lo que Jesús habla y le recuerdan de modo enérgico quiénes son ellos: los hijos de Abraham. Jesús sabe bien que ellos son hijos de Abraham, es decir, el pueblo de Dios, herederos de la promesa, unidos al Padre como nadie antes. Es precisamente por eso que Jesús les está hablando, porque ellos deberían ser los que mejor captasen el mensaje que Dios les anunciaba en Jesucristo. Pero la cosa no funcionó.

Cuando Jesús hizo su propuesta (una propuesta de conversión que venía directamente de Dios) se encontró con el bloqueo psicológico e institucional de aquellos judíos que se sentían ya redimidos, por encima del bien y del mal. Los que mataron a Jesús fueron precisamente los que en teoría deberían haberlo acogido mejor. El problema que tuvieron con Jesús es que les cuestionaba sus posicionamientos, sus puntos de vista, su modo de interpretar la Palabra de Dios. Cuando Dios se hizo hombre, se encontró un Judaísmo acomodado, tibio, bien establecido en su pequeño espacio, sin ánimo de desarrollarse y crecer espiritualmente, en actitud de mera supervivencia. Era un judaísmo con los ojos cerrados. Sin preguntas, sin retos.
Quizás nos pasa igual y por eso todavía hemos necesitado una Cuaresma este año. Lo que nos enturbia es darnos cuenta de que aún no hemos completado el recorrido, que aún no somos lo que deberíamos ser y, peor aún, estamos acomodados. Esa es la más grande tentación y el más dañino peligro: la tentación de seguir como hasta ahora, esclerotizados, endurecidos, inmovilizados por nuestra propia autojustificación. Pero Cristo sigue proclamando que no es así como se alcanza la Gloria. Es tiempo de revisar, de movernos, de activarnos espiritualmente y romper las cadenas de la comodidad complaciente y mezquina.
Estos hijos de Abraham habían traicionado el espíritu emprendedor y esperanzado del patriarca; quizás llevaban su sangre y su apellido, pero Abraham no habitaba ya verdaderamente en ellos. Jesús dijo que solo los enfermos necesitan doctor, pero… ¿quién le dijo a usted que está sano?
Recuerda: El examen de conciencia es mi herramienta para hacer diagnóstico de mi relación con Dios y con mis hermanos.
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

Comentarios
Paz y bien. Excelente omilía
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