Quienes me conocen saben que mi vida siempre ha estado ligada al comercio. Mi abuelo, mi padre, muchos de mis tíos, algunos primos y yo… venimos y somos una familia de comerciantes. Recuerdo que, según se iba acercando el día de Acción de Gracias, yo empezaba a hacer cálculos para saber si ese año la temporada de “navidad” sería larga o corta.

Antes de seguir, quiero hacer unas aclaraciones. En aquella época, el día de Acción de Gracias era solamente una marca en el calendario; lo que importaba era que al día siguiente llegaba el “Black Friday” y comenzaba oficialmente la temporada de ventas (por eso el “navidad” en minúsculas). Thanksgiving, como se dice en buen boricua, es el cuarto jueves de noviembre; por tanto, el Black Friday es el cuarto viernes. Eso quiere decir que, entre ese día y el día de Navidad, puede haber entre 27 (temporada corta) y 33 días (temporada larga). Más larga significaba más tiempo para vender; más corta, que había que hacer más promociones para compensar la falta de días.
Hace varios años que ya no estoy en ese giro, pero esta mañana, justo después de haber celebrado ayer la Solemnidad de Cristo Rey, me descubrí pensando si este año sería largo o corto. Y entonces me di cuenta de algo que me dio un poco de vergüenza: no estaba pensando en el Adviento, sino que, casi sin darme cuenta, volví por un instante a mirar el mundo con los ojos del comerciante.
¿Exagerado?, pensará alguno. Pero no lo es. Si Jesús es mi Rey—como acabamos de proclamar ayer—, ¿cómo voy a medir las próximas semanas desde una mentalidad consumista? Si Él reina en mi vida, entonces mi calendario no puede estar regido por descuentos, ofertas, ni prisas—sino por su presencia en mi vida.
Fíjate, el día más importante de esta semana es el jueves. Un día que hemos separado para agradecerle por todo lo que nos regala a diario. Agradecerle en familia, creando conciencia de que todos juntos, como sociedad, hemos sido bendecidos por Él, aunque a veces nos cueste notarlo o entenderlo. La ironía es que apenas pasen unas horas, muchos se lanzarán a una carrera desenfrenada por comprar, que en algunos casos terminará incluso hasta en violencia. El jueves decimos “gracias, Dios”, y el viernes nos peleamos por un televisor que no necesitamos.
Perdóname si suena un poco fuerte. No pretendo juzgar, ¡Dios me libre! Lo digo como alguien que ha estado ahí, que vivió esa lógica durante años.
Tenemos—necesitamos—ser diferentes. Si ayer proclamé que Jesús es mi Rey, y el jueves le doy gracias por su bondad conmigo y con mi familia, lo más lógico y natural sería que los días y semanas siguientes los empleara preparándome para recibirlo el día de su Nacimiento. Eso es lo que significa realmente la Navidad. No es una temporada de compras y fiestas, no es una tradición vacía—es Dios que se hace Niño por ti y por mí.
Pensándolo bien, si te soy sincero, creo que son muchas las veces que he vivido estas fechas con el corazón lleno de ruidos y el alma falta de silencio. Son muchas las veces que he hablado de Jesús, incluso tratando de dar testimonio, sin haberme sentado primero a hablar con Él. Sin antes haberme llenado de su presencia y de su amor. Si no le tengo a Él, ¿qué puedo ofrecerle a otros?
Comprendo que hablo todo esto desde mi perspectiva personal. Yo soy cristiano, católico, practicante (tres palabras que juntas a veces suenan redundantes, pero ahí vamos). Sé que no todos mis amigos lo son. Algunos no creen. Algunos no practican. Y los quiero y los respeto igual a todos. Pero los que somos como yo, los que decimos que Cristo es nuestro Rey, tenemos una responsabilidad mayor—vivir con coherencia. Si somos, lo debemos ser siempre, no solo cuando es cómodo o nos conviene.
El jueves es Acción de Gracias y el domingo comienza el Adviento. Que este año, con veinticinco días, no será ni corto ni largo. Sino un tiempo maravilloso de gracia que Dios nos ofrece. Depende de nosotros cómo lo aprovechamos. Veinticinco días, no para comprar más cosas ni para irnos de fiestas, sino para vaciarnos un poco de nosotros mismos. Veinticinco días para preparar un pesebre no en la sala de la casa, sino en el corazón. Porque nadie puede recibir al Niño Dios si su corazón está lleno de ruido: de orgullo, de egoísmo, de coraje, de prisas… No puedo recibir al Niño Jesús si mi corazón está lleno de mí. ¿Dónde se podría acomodar?
Hay muchas formas de prepararnos. Por ejemplo, hay páginas que ofrecen pequeños propósitos diarios. Hace unos años, a alguien se le ocurrió leer un capítulo del Evangelio según San Lucas cada día de diciembre (Lucas tiene 24 capítulos), le llamaron “el reto de Adviento.” Hay aplicaciones, como Hallow, que ofrecen acompañamientos para la oración. La Iglesia, madre y maestra, en sus lecturas diarias nos regala la Palabra viva que nos va guiando y acompañando durante este tiempo.
Prepararnos también significa reconciliarnos con Dios en la Confesión y visitar a Jesús en el Santísimo. Aprender a mirarlo en silencio, que nuestra pequeñez se anonade ante su Majestad escondida en ese pedacito de Pan. Como los pastores aquella noche en Belén, que en aquel recién nacido supieron reconocer al Mesías.
Este año, pienso que haré un poquito de todo. Voy a limpiar mi alma con una buena confesión. También seguiré las lecturas diarias y sacaré más tiempo para visitar a Jesús en el Sagrario y permanecer en silencio ante su Presencia. Pero sobre todo, voy a rezar el Rosario con más devoción. Si voy a prepararme para recibir al Niño, ¿qué mejor forma de hacerlo que desde el corazón de su Madre? María supo esperar en silencio, con fe y en total entrega. Este año quiero dejarme guiar por ella. Te cuento un secreto, muchos santos han dicho que ella es el camino más corto y más seguro para llegar hasta su Hijo. Para ser “santo” me falta un mundo, pero el primer paso quiero darlo tomado de su mano.
Me he extendido mucho, así que ya voy terminando. Pero antes quiero decirte que hace unos meses, cuando mi esposa y yo planeábamos un cambio grande en nuestra vida, un amigo nos recordó que ya no vamos para jóvenes. Parece una broma, pero hay mucha verdad escondida en esas palabras. Vivimos como si nuestra vida fuera eterna, cuando la realidad es que nadie sabe cuántas Navidades más vamos a vivir. Por eso, este año quiero vivirla con honestidad y amor, como si fuera la última y más importante de todas las Navidades. ¿Te animas a acompañarme? Este año no basta prepararle un pesebre donde Él pueda nacer, quiero que Jesús encuentre en nuestros corazones un trono hermoso desde donde Él pueda reinar.

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