El rico Epulón lo tenía todo, mientras se desentendía de las necesidades de Lázaro, mendigo que pedía limosna junto a su puerta. Cuenta el Evangelio, tomado de San Lucas 16, 19-31, que ambos mueren y Epulón, desde el infierno, pide misericordia.

La respuesta no se hizo esperar: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.»
La falta de Epulón no fue el hecho de tener riquezas, sino que estaba tan esclavizado con ellas que no había lugar en su corazón para Dios, ni para la súplica de Lázaro.
Esta parábola no trata solamente sobre los peligros de ignorar el sufrimiento de los necesitados. También es sobre el poder de la Palabra de Dios, que es capaz de penetrar hasta el corazón y depositar allí las verdades del Evangelio, si tú lo permites. Gracias a Dios estamos aún a tiempo.
Todos tenemos muchas responsabilidades y obligaciones, probablemente todas buenas y necesarias, pero si dejamos que ocupen toda nuestra atención, es posible que nos lleven a desentendernos de los ‘Lázaros’ a nuestro alrededor, que son muchos.
Recientemente me acerqué a un joven que pedía dinero. Lo miré a los ojos, le pregunté su nombre y su rostro cambió. Luego de un breve diálogo, antes de que cambiara el semáforo, le dije: Dios te ama inmensamente. Asintió con su cabeza y me dijo, con una hermosa sonrisa: lo sé, gracias. Yo trataba de llenarlo de fortaleza, pero el fortalecido fui yo. Descubrí que aquel joven no se había dado por vencido en la vida. Él sabía que Dios quiere algo mucho mejor para todos sus hijos.
Espíritu Santo, cámbiame el corazón para que sea dócil y receptivo. Tengo muchas cosas que hacer hoy, pero te pido que me ayudes a dedicarte tiempo y que tu Palabra me llene de ti.
¡Adelante con fe!
Diácono Richie

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