La vida del cristiano tiene su origen y fundamento en la palabra de Dios. Palabra creadora, que da vida, que da el nombre y la identidad; palabra que guía nuestros pasos; palabra siempre presente, escuchada, meditada, proclamada, custodiada, repetida. Es tanta nuestra dependencia de la palabra de Dios que nada tiene sentido sin ella: lo que creemos, celebramos y vivimos es su palabra.

La salvación nos llega por su palabra encarnada en Jesucristo. Tanto es así que vamos a la palabra como quien va a un espejo, a mirarse y reconocerse. Cuando el pecado nos deforma, volvemos a la palabra de Dios para saber quiénes somos… Incluso en las ocasiones más difíciles de la vida, tan desesperadas, tan terribles, en las que todo parece perdido y sin solución, siempre podemos acudir a la palabra de Dios. Porque Dios tiene las palabras perfectas para cada ocasión, pues nadie conoce el corazón del hombre mejor que Dios. Lo sabía bien la reina Ester, por ejemplo. ¿Qué tal si hoy lee un poco del libro de Ester para recordar la historia? La clave central, a mi juicio, es que la reina, para solucionar los problemas de su pueblo, ora a Dios con estas palabras: “Ayúdame, Señor, líbranos de nuestros enemigos; pon en mis labios palabras acertadas…”
Por eso, durante la Cuaresma, la Palabra de Dios cobra una especial importancia. No es palabra que acusa, sino palabra que denuncia. No es palabra que vacía, arrancándonos el pecado, sino palabra que sustituye el mal con bien, el pecado con santidad. Palabra de Dios que nos salva y nos integra en el proceso de santificación, convirtiéndonos en colaboradores suyos. La reina Ester es modelo de esto: ella no solamente pide una solución, sino que pide integrarse en el proyecto de Dios como servidora, como cómplice en la acción liberadora y salvífica que Dios emprende a favor de su pueblo. Pide que sus palabras sean palabras de Dios.
Los cristianos resumimos esto en la señal de la cruz y al persignarnos, cuando marcamos con la cruz de Cristo nuestra frente y, por tanto, nuestros pensamientos; nuestros labios y, por tanto, nuestras palabras; nuestro pecho y, por tanto, nuestros sentimientos; para que lo que pensamos, decimos y sentimos sea lo mismo que piensa, dice y siente Jesucristo.
Las preguntas de hoy son: ¿Dejo que mi vida gire alrededor de su palabra? ¿Qué sentido le doy a hacer la señal de la cruz?
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Juan L. Calderón
Un nuevo comienzo, Reflexiones diarias para Cuaresma y Pascua.

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