El día más feliz de su vida

II Domingo de Pascua — Fiesta de la Divina Misericordia

Hay momentos en la vida de un hombre que lo definen. No porque marquen grandes eventos históricos —aunque a veces lo hacen—, sino porque son encuentros íntimos con el Señor. Para San Juan Pablo II, uno de esos momentos llegó el 30 de abril del año 2000, cuando canonizó a una monja polaca sin estudios ni títulos, una joven campesina que había muerto en la oscuridad de un convento en Cracovia en 1938. Ese día, el Papa declaró que era el más feliz de su vida.

El día más feliz de su vida

¿Por qué esa canonización, entre todas las que realizó a lo largo de su pontificado, le producía tanta alegría? Para entenderlo hay que mirar hacia atrás, a un joven llamado Karol Wojtyla que durante la Segunda Guerra Mundial estudiaba en un seminario clandestino, mientras los nazis ocupaban Polonia. Fue en aquellos días oscuros, rodeado de muerte y terror, que el joven Wojtyla descubrió por primera vez el Diario de Sor Faustina. Las palabras que Jesús le había dicho a aquella monja sencilla tocaron su corazón: “La humanidad no encontrará paz ni tranquilidad hasta que no se vuelva con confianza a Mi misericordia” (Diario, 300). En medio de la guerra, esas palabras eran un salvavidas.

Desde aquel momento, la Divina Misericordia quedó grabada en el corazón de Wojtyla para siempre.

Lo que hace esta historia particularmente hermosa es que el camino no fue fácil. En la década de 1950, una mala traducción del Diario al italiano generó confusiones doctrinales y el Vaticano prohibió temporalmente la difusión de esta devoción. Mientras muchos la abandonaron, el Cardenal Wojtyla siguió estudiándola en profundidad, convencido de su autenticidad. Fue él quien, a principios de 1978, recomendó formalmente al Vaticano levantar aquella prohibición. Seis meses después era elegido Papa.

Como Papa, Juan Pablo le dedicó a la Divina Misericordia gran parte de su pontificado. Escribió la encíclica Dives in Misericordia —la primera en la historia de la Iglesia dedicada enteramente a la misericordia de Dios—, beatificó y luego canonizó a Santa Faustina, y estableció el segundo Domingo de Pascua como la Fiesta de la Divina Misericordia para toda la Iglesia universal, cumpliendo así el deseo que Jesús había expresado a Sor Faustina en 1931.

Y la Providencia —esa dioscidencia de la que tanto hablamos— quiso escribir el final de esta historia con una tinta que ningún hombre hubiera podido imaginar. El 2 de abril de 2005, en la víspera del Domingo de la Divina Misericordia —la fiesta que él mismo había instituido—, San Juan Pablo II partió a la casa del Padre. La última Eucaristía de su vida fue celebrada en la intimidad de su habitación, minutos antes de su partida, mientras la Iglesia en el mundo comenzaba a celebrar la fiesta que él le había regalado.

Y no termina ahí. Benedicto XVI lo beatificó el 1 de mayo de 2011 —segundo Domingo de Pascua— y el Papa Francisco lo canonizó el 27 de abril de 2014, también en la Fiesta de la Misericordia.

Hay hombres que viven sus devociones. Y hay hombres que se convierten en ellas.

Hoy, en este Domingo de la Divina Misericordia, Jesús nos hace la misma invitación que le hizo a Faustina, que Faustina transmitió al mundo y que Juan Pablo II devolvió a la Iglesia universal: acercarse con confianza. Esa es la llave que abre el Corazón Misericordioso de Dios.

Hay algo que me resulta muy revelador sobre la historia de Juan Pablo II: él descubrió la Divina Misericordia en el peor momento de su vida y de la historia de su país. No en tiempos de bonanza, no cuando todo iba bien. La encontró en medio del horror de la guerra. Y fue precisamente en esa oscuridad que la misericordia de Dios brilló con más fuerza. Porque así es como funciona: «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5, 20).

Si hoy estás pasando por un momento difícil, si sientes que tu historia está llena de errores y tropiezos, si llevas cargas que te pesan más de lo que quisieras admitir… este día es para ti. Repite con confianza: “Jesús, en Ti confío”. Eso es todo lo que necesitas.

Cerramos con la oración que el mismo Jesús le dictó a Santa Faustina:

“Oh Sangre y Agua que brotaste del Corazón de Jesús como fuente de misericordia para nosotros, en Ti confío” (Diario, 84).

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